TRICK OR TREAT: las puertas a las que tus hijos nunca deberían llamar

Es habitual que en las largas sobremesas de las reuniones familiares el anfitrión eche mano del álbum de fotografías o (si es alguien iniciado en las nuevas tecnologías) emplee la televisión o algún dispositivo digital para mostrarlas a sus invitados. Por supuesto el porcentaje más alto de dichas fotografías lo ocupan las de menores que suelen ser retratados por padres, abuelos y demás familiares en un intento, muy humano por otra parte, de detener el paso inexorable del tiempo inmortalizando ese momento que es especial para nosotros.
Desgraciadamente esta costumbre no solo tiene un lado entrañable. Si nuestros padres tenían una cámara de fotos analógica y debían obtener una copia física de las fotografías, siempre forzosamente limitado su número por el carrete, a través de un proceso (el revelado) que se dejaba generalmente en manos de profesionales, nosotros podemos compartirlas desde nuestra cámara o nuestro dispositivo digital y subirlas a las redes sociales casi en el mismo momento en que las tomamos.
La facilidad que ofrecen las nuevas tecnologías de la información para compartir las fotografías unida a la posibilidad de tomarlas con infinidad de dispositivos digitales (móviles y tabletas además de las propias cámaras) tiene como consecuencia un aumento geométrico del tráfico de archivos fotográficos en internet. Y si, como decíamos, el mayor número de fotografías que se toman tiene como protagonistas a nuestros menores, es lógico que la mayor parte de ese tráfico contenga imágenes de menores.
Quienes estén leyendo este artículo pueden preguntarse ¿qué tiene de malo que suba fotografías de mis hijos en internet? Este artículo tiene por objeto contestar, al menos parcialmente, a esa pregunta.
Por un lado, la red no olvida. Eso es algo que Max Schrems, estudiante austriaco de derecho, ha comprobado tras solicitar a Facebook (amparándose en la Directiva 95/46/CE), en julio de 2011, la información de su cuenta. Entre las páginas del PDF que le entregaron en CD descubrió antiguos mensajes borrados, transcripciones de chats que también creía haber suprimido, peticiones de amistad denegadas, notificaciones de eventos a los que quiso asistir y otros a los que no quiso, status y tags de fotos. En resumen: toda su vida digital en Facebook.
Casos como este son los que han hecho que el llamado “derecho al olvido” esté en el candelero. Este derecho no es más que una de las manifestaciones del Habeas Data que se desdobla en los cuatro derechos básicos que todo particular tiene: acceso, rectificación, cancelación y oposición. Sin embargo, todavía es objeto de controversia en cuanto a su contenido concreto. Por ejemplo, Facebook defiende que “remove” no es lo mismo que “delete”. Por ello, por ahora, deberíamos ser conscientes de que, lo que entra en Internet, se queda en Internet.
Por otro lado, la red se basa en la copia. Cualquier contenido que subamos a la red es automáticamente copiado ya que, sin esa copia, es imposible transmitirlo a los usuarios. De hecho, la tendencia es prescindir cada vez más de los soportes físicos en favor de “la nube” (Cloud computing). La información que subimos pasa a estar en un conjunto de servidores remotos a los que se puede acceder desde cualquier punto del planeta a través de Internet. Facebook, Gmail, Twitter o Pinterest la utilizan.
Por ello es un error el creer que las fotografías compartidas, por ejemplo en Facebook, no podrán extenderse más allá de esta red social. Es muy fácil copiar contenidos si se tiene acceso a una red social. El término “viral” se acuñó para describir contenidos de la red que, de forma imprevisible, se difundían a gran velocidad y alcanzaban una repercusión inesperada.
Si asociamos esta repercusión viral a un fenómeno aparentemente inofensivo como es el de los memes, podemos dar un ejemplo al lector de las repercusiones que puede tener el subir la fotografía de un menor a una red social. El concepto de meme hace referencia a imágenes o contenidos de cualquier tipo que, a través de su repetición y continuo uso en la red, han adquirido un “meta significado” que va más allá del propio contenido, pues juega con la cultura ya adquirida por el receptor. Muchos de estos memes consisten en imágenes en las que el/la protagonista es perfectamente identificable. Habitualmente, la adición de un texto corto o una sencilla modificación de la imagen, será suficiente para alcanzar el objetivo (normalmente cómico) del meme. El riesgo de este fenómeno lo encontramos cuando una imagen, originalmente inocua, adquiere un significado totalmente distinto y perjudicial para el protagonista. Si además se convierte en viral, el efecto conseguido se prolongará en el tiempo, pues, por definición, los memes perduran como contenido cultural. El protagonista se verá asociada al significado del meme, significado que además puede “evolucionar” con el paso del tiempo.
Finalmente debemos alertar sobre el uso espurio que terceros puedan dar a las fotografías de menores que subimos a la red.
Los delitos contra la libertad e indemnidad sexual a menores han aumentado preocupantemente en los últimos años y, es una verdad incómoda que las TIC son la herramienta idónea para perpetuar el abuso y la comercialización del cuerpo. La globalización supone un grave problema a la hora de perseguir este tipo de delitos agravado por la falta de armonización del derecho sustantivo de cada país (por ejemplo la fijación del mínimo de edad legal para prestar válidamente consentimiento sexual) y la lentitud de la cooperación internacional.
Aunque podemos considerar que las imágenes que subimos a la red de nuestros menores no tiene un contenido explícitamente sexual, lo cierto es que son fácilmente manipulables y susceptibles de convertirse en material con un claro contenido pornográfico.
El art. 189. 5 del Código penal castiga la mera adquisición o tenencia de pornografía infantil con penas de hasta un año de prisión.
El concepto de pornografía infantil es muy amplio (art. 189.1 CP):
a) Todo material que represente de manera visual a un menor o una persona con discapacidad necesitada de especial protección participando en una conducta sexualmente explícita, real o simulada.
b) Toda representación de los órganos sexuales de un menor o persona con discapacidad necesitada de especial protección con fines principalmente sexuales.
c) Todo material que represente de forma visual a una persona que parezca ser un menor participando en una conducta sexualmente explícita, real o simulada, o cualquier representación de los órganos sexuales de una persona que parezca ser un menor, con fines principalmente sexuales, salvo que la persona que parezca ser un menor resulte tener en realidad dieciocho años o más en el momento de obtenerse las imágenes.
d) Imágenes realistas de un menor participando en una conducta sexualmente explícita o imágenes realistas de los órganos sexuales de un menor, con fines principalmente sexuales.
Internet plantea varios y controvertidos problemas en relación a esta definición de pornografía infantil. En primer lugar los centros de producción de pornografía infantil se van desplazando hacia lugares donde no se tipifican estas conductas, o donde se protege únicamente a personas de edad inferior a los 13 años. La red facilita que estos delitos se cometan en cualquier lugar del mundo.
Además, debemos tener en cuenta que este tipo de contenidos, ofrecidos a pedófilos o pederastas, no siguen los cauces habituales de internet. Darknet ha pasado de ser una especie de mito susceptible de proporcionar argumentos a películas y libros a una realidad activamente combatida por las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado.
La publicación del libro de Biddle, England, Peinado y Willman, The Darknet and the Future of Content Distribution dio carta de naturaleza a esta oscura realidad. Darknet es, exactamente lo que su nombre indica, una red alternativa que aglutina también información y contenidos digitales pero que trata de preservar el anonimato de las identidades de quienes intercambian dicha información. Ello supone un hándicap añadido para las fuerzas del orden que persiguen estos delitos.
Retomando la pregunta que nos hacíamos al principio: ¿qué hay de malo en colgar fotografías de nuestros hijos en internet? La respuesta es nada, siempre que se tomen precauciones. Así, en la foto no deben aparecer pistas sobre los lugares que frecuenta el menor o que permitan llegar hasta ellos como su casa, su escuela, un parque, la matrícula de un vehículo, camisetas identificativas, uniformes del colegio, etc. No identificarlos por su nombre y apellidos ni dar datos sobre sus horarios o rutinas. Hay que evitar un posible rastreo de la foto por lo que conviene desactivar la función GPS.
Los padres deben ser conscientes de los peligros que puede tener difundir la imagen de sus hijos y de que es necesario adoptar unas mínimas precauciones para evitar contribuir, involuntariamente, a la difusión de pornografía infantil en internet.